El envés de los días. Hojas de almanaque

 

 

Antonio Toribios

 

 

 

El libro El envés de los días. Hojas de almanaque, contiene 365 relatos en los que se despliega una cartografía homérica de personajes asombrosos. El libro cuenta con un delicioso prólogo realizado por Tomás Sánchez Santiago.

 

 

 
ISBN: 978-84-125259-0-8
Año: 2022

Fecha de publicación: 29 de septiembre

Encuadernación rústica

Género: Relatos

Páginas: 430

Tamaño: 15 x 21 cm

 

 

 

 

20 €

 

 

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Abraham busca a Sara desesperadamente, Ambrosio se enamora de una boa constrictora, Amadeo es un niño prodigio víctima del destino, Erasmo empieza de farero y acaba iluminado por las candilejas, Federico estaba destinado a morir joven, pero cambia de tren a tiempo y vive largos años. Las historias están ahí, solo hay que mirar despacio bajo los números del calendario. Cada fecha trae aparejados sus nombres y ellos son los protagonistas de cada relato. Pero hay además una corriente interna que discurre al dorso de los días, un magma que cohesiona personajes y nos lleva a ese tiempo fuera del tiempo en que habitaron los santos en zapatillas y los mártires en traje de diario.

 

 

 

 

 

BOTELLA AL MAR

Prólogo de Tomás Sánchez Santiago

 

 

Hay escritores que se atreven a poner el maquillaje feroz de la imaginación sobre el árido paisaje de las consignaciones, allá donde parecía que no tenía cabida: eso sería revolver los fundamentos intocables de la estricta realidad. Ya se sabe a qué me refiero. Modificar con palabras vivas el destino de la vida de las personas, alterar la cartografía inapelable de una ciudad, desviar el curso de un suceso histórico con la alegre osadía con que se desvía el curso de un río… Trastocar esos andamiajes como quien juega al ajedrez con el mundo real inventando cada vez las reglas del juego. ¿No es esa la tarea del escritor? Una propuesta inconforme para ensayar otro orden en el mundo. Como si los dictámenes de los sancionadores no bastasen a quienes aún sueñan con otra manera de aplicar a los hechos ciertos una justicia poética insospechada.

Siempre supe que Antonio Toribios pertenece a esa especie de escritores que, por debajo de la gracia con que se desenvuelven sus criaturas en situaciones compartidas por todos, plantean en sus narraciones una llamada discreta y bienhumorada a soñar. A soñar con ese otro orden que surge como una bocanada llameante de la energía del lenguaje, de un lenguaje utilizado con la difícil maestría de la naturalidad a punto de estrellarse. Pero no. Uno leyó con gusto relatos anteriores donde sucedía esto que trato de contar aquí, un calambre amistoso que desmentía la ciega fidelidad a lo real. Podía hablarse de un relato que sucedía en Lisboa y donde aparecían nombres propios y referencias que conducían lo narrado hacia las riberas despejadas de la verosimilitud; pero de pronto sucedía eso: un golpe de timón, un guantazo directo a la mandíbula de lo que iba hasta entonces ocurriendo entre los hilos de la sensatez. Y ya se pulverizaba para siempre todo el ensamblaje de datos que enmarcaban lo narrado en el perímetro aceptado de lo consabido. Como dice la voz narradora de “Renato”, otro de sus relatos de hace tiempo, “me gusta sentirme hacedor de mundos”. Y yo siempre he supuesto que quien habla así, con voz prestada, es el propio Antonio Toribios, que deja caer como por descuido de cuando en cuando ese tipo de advertencias a favor de la soberanía de la invención sobre todo lo demás.

Y ahora el escritor leonés entrega El envés de los días. Y tras ese título afortunado y de feliz ambigüedad vuelve a emerger esa misma actitud revoltosa de la que estamos hablando. Porque el lector/a comprobará enseguida que bajo la apariencia de un almanaque convencional, tras aquel gesto matinal que todos conocimos en las fragantes cocinas de nuestras casas (acercarse al taco clavado en la pared, arrancar la primera hoja, leer el sabroso santoral de vírgenes, obispos, mártires, beatos y confesores —nunca me aclaré con los galones de esa curiosa jerarquía— y, tras comprobar la fase de la luna y leer definiciones enigmáticas como esta: “misa de feria”), estaba eso otro: el envés de la hoja. Dar la vuelta a ver qué se encontraba uno. Fuera lo que fuera. Eran por lo general las primeras palabras que se leían en el día; pienso ahora si no serían las últimas también en muchos casos. No había tiempo para mucho más en las vidas ajetreadas de los campesinos, los oficinistas a destajo y los pequeños comerciantes; todos ellos ingresaban cada día desde muy pronto en su mundo laboral continuado. Así que es fácil prever que a no ser que cayese en sus manos —en la barbería o en el bar, por ejemplo— el periódico del día, aquel envés del calendario era la única munición con que encaraban el afán de la jornada.

Pues bien. Antonio Toribios hace ahora este ejercicio sobresaltado en el que la invención se adueña de todo y levanta sobre las astillas quemadas de una realidad mostrenca y desdorada un nuevo santoral, una tentativa de fundar un escuadrón de individuos, hombres y mujeres, que acaban por formar un censo delirante y desprejuiciado, un organigrama onomástico desde el 1 de enero al 31 de diciembre que podría consultarse diariamente para saber bajo qué protector se cobija cada jornada, quién es el tutor de nuestras vicisitudes diarias. Y es que, entre bromas y veras, en este almanaque planea algo tan serio como es el misterio de los nombres, su definitiva marca a hierro y fuego sobre cada uno de nosotros. De ese duelo a primera sangre que es decidir si es el significado o la propia eufonía del nombre lo que debe influir en el carácter y en el destino del así bautizado surgen en El envés de los días nombres propios como Jocundo, Timón, Humbelina, Fidencio, Renato —que remite a aquel relato anterior citado más arriba—, Trahamunda, etc., etc., etc. Incluso la congruencia con la fecha se toma con ese mismo descaro con que se aborda todo lo demás. El día 6 de enero está adjudicado a Baltasara, una mujer que ya desde pequeña no quería ser azafata ni maestra sino “rey negro” y cuyos padres (Epifanía y Melchor) le afearon infructuosamente esa apetencia extravagante del destino. También desfilan por ese santoral laico y gamberro, por ejemplo, Aldo, que ya iba para poeta desde pequeño, pues “su llanto tenía ya una cadencia que engolosinaba a quien lo oía” o Zenobia, a quien “se le metió en la cabeza hacerse novia de un poeta”.

Aunque, a decir verdad, lo que el lector se encuentra en este almanaque patas arriba es un festival de iconoclastias diversas que fomentan esa mélange en la que los nombres y las vidas acaban por establecer relaciones espurias con otros personajes extraídos del territorio firme de la realidad. Así, Amadeo vivirá en paralelo los pellizcos más sobresalientes de la biografía de su homónimo Mozart (incluida la muerte prematura tras un episodio atrabiliario, como quiere la leyenda negra del compositor), Fortunato se ve condicionado fatídicamente por haber desestimado la lectura de las narraciones de Allan Poe y, ya en el colmo, Silvestre, a quien se adjudica con rigor su emplazamiento en el almanaque el 31 de diciembre, se acabará llamando Estalone. ¿Y quién no suscribe que también ocurre entre nosotros este popurrí onomástico en que personajes de series televisivas y marcas de productos han tomado al asalto la facultad de bautizar a criaturas llamadas Leidymácbet [sic], María Chanel [otra vez sic] o Conan, ese nombre que no sugiere precisamente a un pacifista en ciernes?

En fin, esté quien esté al otro lado de estas palabras preliminares sepa que va a empezar a deshojar el taco de este portentoso almanaque que Antonio Toribios propone en El envés de los días, toda una prueba de que se puede compaginar la cohetería desconcertante de la imaginación con los hilos impuestos por la vida. Todo un desafío a la obediencia diaria a aquel astrolabio cotidiano y familiar el almanaque que dejó siempre servidos nombres, rangos y recados de sensatez que aquí saltan por los aires, como las propias vidas llenas de alegre imprevisión de quienes van presentándose día por día ante los asombrados ojos de quien debe leer y aceptar sin reservas los dislates de esta deliciosa cabalgata de viñetas donde menudean vicisitudes sin tasa.

 

 

 

Foto Marcelo Tettamamti

 

 

 

Antonio Toribios

 

Nací en León, en el 60, de padre ferroviario y madre “sus labores”. Un manual de legislación de los ferrocarriles y un misal fueron mis lecturas infantiles, incluso antes de Verne, Dickens o Amicis. Hubo también tebeos, muchos. El ferrocarril sigue estando presente en mis relatos, y de los santos del misal, qué decir sino que son el germen y la levadura de este libro.

La onomástica me interesaba ya cuando escribí Tu nombre y otros nombres (Mallorca, La Bolsa de Pipas, 2004). En 2007 publiqué Ananías y la máquina maravillosa, con Edilesa, un cuento infantil ilustrado por Manuel Sierra y auspiciado por Renfe. Antes había habido otro,  Luisito el lunático (León, Éfeso Eurodidáctica, 2002), este con dibujos de Laura Ruiz y la luna de protagonista, otra querencia mía.

En 2013 entré en contacto con “Esta Noche te Cuento”, un colectivo dedicado al ejercicio y la difusión del microrrelato y me centré en un género que llevaba ya tiempo practicando. Fruto de ello fue Juegos de artificio (León, La Armonía de las Letras, 2016).

He estado presente en diversas publicaciones y obras colectivas, siendo las más recientes Cronófagos (2019) y Cuentos de la nueva normalidad (2020), en esta misma editorial.

Actualmente mantengo el blog Recado de escribir (https://elblogdetoribios.blogspot.com), dedicado a la narrativa breve, y participo en el proyecto Masticadores (https://masticadores.com ), red de blogs de creación literaria con vocación universal.

 

 

 

Reseñas sobre El envés de los días

 

 

Los lectores opinan...

 

Pedro Menchén

 

Acabo de leer este libro de Antonio Toribios. Es un trabajo asombroso, en el que describe la vida de un personaje distinto cada día del año, Así, pues, hay 365 historias en el libro, agrupadas en 12 partes que son los 12 meses del año. Las historias son de lo más variopinto. Algunas rozan lo extravagante, otras el drama existencial de la rutina anodina. Y en no pocas ocasiones se desvelan pasiones o deseos inconfesables de transgresión. En definitiva, son un reflejo de la condición humana: problemas o vivencias con los que cualquiera podría identificarse. Toribios es un escritor magnífico, con un gran dominio del idioma y un sentido de la ironía y del humor negro muy particular. Ha publicado poco, pero muy bueno, y yo lo he leído todo con gusto y admiración. Este libro le confirma y le acredita como uno de los más interesantes escritores del momento en España. Estoy seguro de que su obra acabará teniendo todo el reconocimiento que merece.

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