Cronófagos

 

 

Tomás Sánchez Santiago, Isabel Llanos, Bruno Marcos, Mario Paz González, Antonio Toribios, José Miguel López-Astilleros, Eloy Rubio Carro, Alberto R. Torices y José Luis Puerto. Prólogo de Miguel Martínez Panero.

 

 

ISBN: 978-84-120167-3-4
 
Año: 2019

Fecha de publicación: 31 de octubre

Encuadernación Rústica con solapas

Género: Relato

Páginas: 132

Tamaño: 15 x 21 cm

 

12 €
 

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PRÓLOGO

Miguel Martínez Panero

 

Es casi un lugar común pedir al lector que no pierda el tiempo con paratextos (solapas, fajas, contracubiertas, créditos ni, desde luego, prólogos como el presente) para que se pueda sumergir directamente y sin intermediarios en el contenido del libro que tenga entre manos.

Por ello solicito aquí y ahora una moratoria para éste. Como hizo Bilbo Bolsón ante la siguiente adivinanza de Gollum que el hobbit resolvió casi por casualidad, al pedir para acertarla justo eso, tiempo:

 

Puede devorar todas las cosas: plantas, bestias, flores y aves. Roe el hierro y muerde acero, mata reyes, arruina ciudades y puede derribar las altas montañas.

 

Y es que, como apostrofa Shakespeare en sus Sonetos: “Tiempo devorador, desafila las garras del león”. Cronos-Saturno engulle a sus hijos en el célebre cuadro de Goya y, al ver los despojos, parece increíble la resurrección de la carne que afirma la mitología: no hay vuelta atrás.

Cronófagos. Este título inevitablemente trae a la memoria de uno el famoso reloj Corpus de la Universidad de Cambridge que, desde su inauguración hace unos años por el finado Stephen Hawking, le roba el protagonismo del campus al recuerdo del mismísimo Isaac Newton. Y tanto o más famoso que el errático artilugio (que recrea el carácter subjetivo del tiempo) es quien lo corona: una diabólica langosta o cigarra (paradigmas del saqueo y la procrastinación, respectivamente) que su diseñador bautizó como “Chronophage”. Es decir, etimológicamente, “devorador del tiempo”.

Justicia poética: como alguacil alguacilado, en un desgarrador sesentainueve, el gran devorador es, a su vez, devorado. No en vano se identifica icónicamente a Chronos (el tiempo primigenio, asociado por homofonía a Cronos, el antedicho titán parricida) con el uróboros, la serpiente que se autofagocita mordiéndose la cola, tal como el tiempo hace con los sucesos que él mismo genera.

En fin, que del “tiempo devorador” hemos pasado al “devorador del tiempo”. La cronofagia se define así desde la psicología o la sociología como la voracidad del tiempo, ya sea éste sujeto activo o pasivo, ya se trate del de uno o del de los demás. Es una palabra de nuevo cuño que quiere capturar la idea y crear todo un imaginario acerca de la vampirización de lo más esencial de la vida. Si no antes aún, su intención puede retrotraerse a Séneca en sus Cartas Morales a Lucilio, que comienzan con esta reconvención:

 

Obra así, querido Lucilio: reivindica para ti la posesión de ti mismo, y el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba, recupéralo y consérvalo.

 

Sí, nada nos es más precioso que el tiempo. Sin embargo, trescientos años se le pasan como un suspiro oyendo un ruiseñor a Virila, el abad del monasterio de Leyre (y veinte durmiendo a Rip van Winkle, el personaje de Washington Irving) y ninguno de ellos, al saberlo a poco de morir, se siente a disgusto por tal intrusión en sus vidas. Es como si hubieran alcanzado de ese modo una comprensión esencial: el estado de verdad cósmica que Koestler denominaba “sensación oceánica”…

Fin de la prórroga.

Los veinte cuentos de este volumen enfilan desde distintas perspectivas dimensiones muy variadas de esta pulsión que nos corroe por el tiempo: el sueño y la muerte, el pasado y el porvenir, la memoria y la nostalgia, la aniquilación y la querencia de eternidad… Los hay breves como epifanías y morosos como ensueños. Alguno tiene la sintaxis sincopada, o la inconexión del pensamiento mágico; los más presentan una prosa fluida y que se deja fácilmente leer (cuando no inaplazablemente devorar, lo que nos remite de nuevo a la idea motriz de esta recopilación). Sus autores son de todo pelo: narradores omniscientes, monologuistas interiores, grafómanos irredentos, epígonos de Wilde, de Maupassant, de Proust, de la leyenda urbana y del acervo popular…

Ni un momento más se concede previo a la lectura de estos relatos, todos ellos debeladores, en una u otra forma, del tiempo. 

 

 

 

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