LA VIDA LA PASAR

Eloy Rubio Carro

 

Colección Poéticas del desencuentro 8

 

Formato: 20,5 x 13,5 cm.

Rústica con solapas. 84 páginas

ISBN 978-84-948475-4-7

 

PRECIO: 15 €

 

 

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Eloy Rubio Carro, astorgano del barrio de Santo Toribio, profesor de filosofía a media jornada, periodista a ratos, fotógrafo de afición y poeta ocasional.

Ha publicado artículos sobre pedagogía y gitanismo en ‘Nevipens Romaní’, de crítica literaria en Astorga Redacción, Tam Tam Press y el Faro de Vigo. También colabora con el grupo literario ‘Manual de ultramarinos’

La vida la pasar es su segundo libro de poemas, tras el extraviado Pajaroquealanochesederrama. También publicó, allá por ‘la movida’, en Vigo, una recopilación de cuentos en edición no venal Oh dios oh, esto no es el paraíso.

Poeta a cuenta gotas, siempre se disculpa y perjura que esta será la última vez.

 

 

 

 

 

 

CHISPAS EN LA OSCURIDAD

              A José Luis Puerto

 

 

La liana es lo que cura,

lo que lleva al círculo a orbitar si se piensa,

quiero decir si el círculo en sí mismo se piensa.

 

La locura y la fresca que llega de la calle

por el río y el cerezo aupadas,

una brisa que danza

y encrespa los pechos y resalta el pubis

en la tela que ondula

de las ninfas en danzón de Cuba.

Pezones que salpican de arboleda

el divino manjar de la serpiente.

Clava la miel el día de narcosis,

el vuelo de la mariposa

a medio aire parada en el bucle de laca

que la calle gana...

Signos del cambio y movimiento:

pájaros de estampida en la cal del muro,

el acíbar frutal

de mordedura

temblando en temblor de álamo;

y vosotros, cuantos hombres

hubiere sensibles al amor...

 

Ceden los cortinajes a sus suavísimas

ondas,

a una lumbre viciada, desvalida

que entremete los cuerpos

en delirantes sacudidas, rítmicas:

Vuela un viento de confín

con esa nube de laca que paraliza las alas.

 

Cerraba la puerta con sigilo, con tacto

se nos dijo;

yo creo que entró arrobado

absorto, envanecido,

al estupor de la sala...

 

Niño en el zaguán

de la serpiente, álamo

de agua en el azogue.

Sinuoso el paso

la sombra incita

de la arena en lazo

lo que escribe

enlaza.

 

Bien que quisiera despertar las sombras,

recomponer sus trazos;

la arboladura de cerezo

a borbollón

por la ventana, sus trinos y verdascas;

pero también los gestos que al tiempo desvanecen

a parar a un rostro.

Cuántas maneras las de un rostro...

A la gallina ciega, el embrión

tienta la cara

en mar que se respira

y  hace.

La mar boquea sus lirios de plata,

el sordo susurro de los huesos

que por el fondo arrastran.

 

Tiembla

en envés la ola

de luz de la tarde

que en paño de frescura

ondea,

y un dios viene

desmigando el dolor

de su sangre

a la danza de nínfulas.

 

Un rostro de ceguera

que te atrapa.

Qué quieren, Qué de quién quieren...

 

Pudiera yo

con aquel niño jugar

a la arbolada,

a la ola

de luz por el juncal

donde son de mar

las huellas;

luego un reflujo,

cuanto de azul se deshilache el agua

en sombra inmensa.

 

Sobre esos pies, descalzo vuelve

el que vuelva niño...

Pablo, abuelo, tu risa es mi sonrisa.

Brota mi tristeza de una rama antigua

que agota la llama, abuela Juana.

 

Padre

no dormimos, padre,

duerme un niño en esta casa,

un niño de apenas habla,

oigo voces, el gesto

de urdirse la palabra.

 

A sí se halla a la primer palabra:

Dice de hiel de dulcedumbre,

de tristeza rosas

de la sangre...